LA BAJADA A LA CUEVA DE LOS PERDIDOS
En presencia del tío Pepico, que me vigilaba sentado en el vuelo del
tajo, yo empecé a bajar un caminito de cabras, que parecía picado adrede en la
roca por el esfuerzo humano, con sus pequeños escalones y unos salientes para
agarrarse en la parte de dentro.- Yo iba
de espaldas al vacío, porque mirar a un kilómetro a tajo cortado era demasiado
fuerte al principio.- Continuaba
despacio y pegado a la roca como una lapa, con la talega colgada a la espalda,
que llevaba comida para mi abuelo para varios días, si llegaba con vida para
contarlo.-
Los alrededor de doscientos metros de camino estrecho y resbaladizo por
la roca, en una tarde de sol abrazador que pegaba en la roca, cantando las
chicharras con alegría infinita, pegadas a cualquier parte de los salientes del
tajo de la Villa Vieja, me ponían los nervios a punto de estallar.- Pero era la vida la que estaba en juego si me
desmoronaba.- No sé el tiempo
transcurrido, solo oía a las chicharras, un brisa de aire caliente que quemaba
la piel, y los consejos del tío Pepico que se quedó arriba mirando mi
bajada.- hasta que por fin me encontré
con la boca de una cueva en la que entré como si se tratara de mi única
salvación.-
Me invadió el olor a humedad que salía por la boca de la cueva y me vi
cogido por los brazos de mi abuelo para que no cayera hacia atrás.- Nuestro abrazo no pude saber lo que duró,
porque los dos seguimos abrazados y llorando al unísono.- Había agua a la entrada y mi abuelo me llevó
hacia la plataforma donde dormía, aislada del agua.- Con el calor que pasé, me hizo mucho bien la
humedad al principio, pero al tiempo me empezó a dar frío y mi abuelo me lió en
una manta.- Me imaginé el frío que
pasaría allí mi abuelo con aquella humedad.-
Cuando dejamos de llorar los dos, tuve que leerle unos periódicos que
llevaba; entre las noticias venía la entrada de las tropas nacionales a la
ciudad de Loja, los partes de Queipo de Llano en la radio de Sevilla, y
contarle lo que decía Pío de la guerra.-
Las cosas se les estaban poniendo mal a los rojos, porque algunos
camiones de tropas viajaban carretera adelante hacia Algarinejo.- Y una vez tomado Algarinejo, las Fuentes eran
pan comido, digo yo, porque solo había escopeteros, malos en conciencia, pero
inexpertos en guerras.- Pasé toda la
terde con mi abuelo en la cueva y Pepico de cabrero.-
De todas formas las cabras
me vieron bajar y de allí no van a mover hasta que yo vuelva arriba.- Me despedí del abuelo y comencé el ascenso,
que era más fácil, aunque yo estaba acostumbrado a cruzar el Tajo de las
Fuentes por el Saltillo.
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