martes, 22 de noviembre de 2016

LA GUERRA CIVIL ESPAÑOLA



                                                EL ABUELO BASTANTE GRAVE
Padre se presentó al jefe de Falange al día siguiente y yo entré con él, el hombre fue muy amable y le dijo que cualquier sosa que necesitara de él, que allí estaba para servirle.-  Tuvieron una agradable charla, sin entrar a comentarios de la guerra, aunque por las noches se reunían en casa Pío y allí hablaban del curso de las operaciones.-  Paulino se había presentado en casa a saludar a su primo y a nosotros, que la verdad es que yo no lo recordaba, tal vez porque cada uno estaba en lo suyo y como vivíamos lejos se vian a la larga.-
Dejé a los dos hombres conversando y me fui a ver a María Pío que estaba en la puerta de la tienda.-  Desde el mostrador me dijo la Robles que se alegraba de que padre estaba ya en casa.- Pedimos permiso para jugar un rato y nos fuimos a corretear, que era lo nuestro.-  Husmeamos por todos los rincones de la plaza, por los bares de la Flurgencia y Juan Ronco, donde había ya muchos hombres jugando al dominó y a las cartas.-  Juan Ronco nos lleno los bolsillos de  avellanas y nos sentamos bajo el parral que había en su puerta a comerlas.-
En esto estábamos cuando llegó el maestro, el jefe de Falange y padre que venían al casino del Ronco.-  El maestro salió al poco rato y nos dio más avellanas y unos caramelos.-  Éramos como el cochinillo de la virgen, que en todas las casas le daban algo de comer.-  María era alegre y dispuesta y se reía.-  Decía que cuando se lo contaba a su madre no se lo creía.- Pero si sabía que era verdad.-
Enfrente había otro bar que era de una tal Sevilla, y nosotros como dos conocidos por todas las gentes, nos metimos en la cocina.-   La señora estaba friyendo un choto y nos dio unas tajaditas de asadura negra.-  Estaban muy ricas.-  María siempre que nos agasajaban con algo no hacía más que reír.-   Cuando salimos de casa Sevilla dijo María: vamos a la tienda que le llevo a mi madre avellanas.-  Yo también había guardado algunas para mis hermanos.-  Antonia se sorprendió cuando le dio avellanas la hija, y se trepaba de risa.-  Ahora si te creo, le dijo.-    Salimos otra vez y Antonia nos dijo que éramos un par de truhanes, que íbamos como el cochinillo de la virgen.-  La clientela de la tienda se reían de las cosas de los niños, que ya éramos menos niños.-  Ella iba a  cumplir los once años y yo los cumplía el día de Santiago.- No te doy avellanas porque se las he guardado a mis hermanos.-  Eso te honra, Tillo, dice tu abuela que estás siendo un padrazo para tus hermanos, pero que nunca se acordarán de tus sacrificios por ellos.-  En verdad, los hemos criado entre mis abuelos y yo, llevado a cuestas y educado.-


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