EL NIDO EN EL PAJAR
Tardamos mucho tiempo en
hacer un nido en el pajar, como le llamó mi abuelo, para preservar alimentos
ante una posible requisa de los cereales que había en casa, que por los
comentarios de algunos amigos del pueblo de mi familia no estaba descartado,
puesto que ya se les estaban acabando los lugares donde saquear para abastecer
su economato particular.-
Antes de todo, mi abuelo
tuvo que retirar la paja hasta llegar a la pared final.- entre mis dos abuelos y lo poco que yo podía
ayudar, fuimos subiendo semillas de trigo, garbanzos, lentejas y habas,
mayormente de los dos primeros.- Los
abuelos viejecitos y muy trabajados y yo un niño con nueve años, nos cundía
poco.-
Había
que subir una escalera empinada de muchos escalones.- En cada viaje no podíamos subir más de unos
diez kilos y pronto las fuerzas flaqueaban.-
El calor de la canícula agostiza era asfixiante dentro de las
habitaciones; Más aún encerrados en un pajar, y yo me bañaba en sudor, pero mis
abuelos se asfixiaban.-
Las semillas que íbamos subiendo se iban
echando en sacos, cada clase en uno.-
Así iban pasando los días, temiendo que una mañana amanecieran los
carros en la puerta para despojarnos de todo, como hicieron con los cerdos.- Mi madre no podía ayudar porque tenía que
vigilar, aunque fueran vecinos que vinieran a la casa
Cuando descansábamos,
nos tenía mi madre preparado un gazpacho fresquito.- El famoso ajoblanco marciano que iba sucediendo
en familias de unas a otras y que tenía dos cualidades: refrescante y
alimenticio, mucho más que el llamado a estilo pipirrana.- eran las recetas de la abuela.- Por las tardes, cuando el sol bajaba su ardientes
rayos, me dejaban ir con los amiguitos a huzmear por el pueblo.- Y me
iba a la plaza y alli nos reuníamos una pandilla, que cada día iba creciendo.- La capitaneábamos Mar de Pío, la Anostasia,
nieta del pollenco, Astrosa, hijo de Música y Romogio de la Vidrora.
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