LA PANDILLA ANTIRROJA
Desde el callejón de Pocuto
nos fuimos a la Plaza de en medio a beber y deliberar.- Decidimos encontrar donde encerraban el ganado que robaban en los cortijos y en
algunas casa del pueblo, como ocurrió en la nuestra.- Conocedores del pueblo no acertábamos a
localizar donde podía estar encerrado el ganado de cabras y cerdos, con los
calores que hacían.- Pero el azar vino
en nuestra ayuda.-
Dos cerdos peleándose nos descubrieron el
secreto.- Nos fuimos en esa dirección y
lo encontramos a poco más de doscientos metros.- ¡La alameda de la Plaza en medio¡.- Estaba pegando al huerto del tío Marció.- Aún sonaban golpes en la fragua que había en
la casona del huerto.- No recuerdo bien
si había sido también molino, pero el nieto sabe de esto más que yo, porque era
su abuelo.-
El caso es que encontramos el ganado.- Estaba en una alameda de la Plaza en medio,
cercada por todos las por altos y tupidos zarzales, menos por el camino que
daba a la Plaza.- Pero el camino estaba
bien vallado para que no saliera el ganado.-
Seguimos buscando y encontramos una puerta que solo tenía un
cerrojo.- Yo di unos silbidos y a poco
tenia junto a la puerta la cochina de cría que se llevaron de mi casa, que le
limpiaba yo las corralas todos los días.-
Tras
de la cerda madre llegaron los ochos hijos que se llevaron con ella, ya de unas
siete arrobas cada uno.- Empezaron todos
a bocados con la puerta, parecía que deseaban venirse conmigo.- Los chicos decían que les abriéramos y Músico,
mayor y más responsable, no estaba por la labor de abrirles.- Yo ensimismado en mis pensamientos, viendo a
mi pobre abuelo sujetado por los gorilas, empujado al muladar, después de
robarle sus cerdos, se me nubló la vista, me olvidé de todo y descorrí el
cerrojo.-
Salí corriendo, como alma que lleva el diablo,
en dirección al Camino y me paré en La puerta del Molino de aceite.- Fueron
llegando los otros chicos detrás de mi.-
Pasado el miedo de que nos pillara el rojerío, nos reíamos todos de la
hazaña.- Módico dijo que había que disolverse y cada uno a su casa, que pronto
estarían las calles del pueblo llenas de ganado, también de rojizos buscando a
los culpables de la osadía.
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