LOS
PERROS ANUNCIARON TRAGEDIA
Sí, cierto, que al día
siguiente se supo que algunos esbirros barbudos y del brazalete rojo en la
manga, habían sido heridos.- Era señal
de que alguien había rondado las inmediaciones del pueblo y se encontró con patrullas
rojas.- Lo que no se sabe es si los que
rondaron cerca también fueron heridos.-
Muertos no, porque los hubieran exhibido los rojos como trofeo de
aquella noche.- Por el ruido de las
armas se conoce que los que atacaban o rondaban simplemente, sus armas eran de
largo alcance.- No eran escopetas ni
pistolas, que a cien metros no sirven.-
Todo esto estaba yo pensando toda la
mañana.- La guerra en un chico de ocho
años, que se estaba viendo envuelto en tantos acontecimientos de mayores, era
demasiado para mi.- Me hacía pensar
rápidamente y no precisamente en los libros de estudio.- Los acontecimientos me desbordaban.- Mi
cerebro desarrollaba a marchas forzadas para asimilar todo lo que pasaba a mi
alrededor.- Los partes de la radio por
las noches, los periódicos por el día, los acontecimientos que me pasaban y en
los que tenía que intervenir como si fuera mayor, lo que tenía que callar,
todo.- A veces me hacía un lío, pero mi
cerebro volaba.-
Mientras pensaba en todo esto, me fui a la
cuadra a abrirles a las cabras para que salieran, que estarían con calor
dentro.- Había que ordeñarlas, que me
estaba enseñando mi abuela.- Abrí la
puerta de la cuadra, eché las cabras a la calle y, los animales acostumbrados a
rodearme siempre, no se retiraban de mi y miraban para la cuadra.- Entré de nuevo en la cuadra por si había
algún perro que se hubiera colado.-
Nada, no había nada, pero al salir me di cuenta de que las cabras
miraban a la ventana que había encima de la cuadra y me eché a temblar.-
Habrían entrado los rojizos
a buscar en el pajar y nos dejaran sin nido y por tanto sin comer.- Yo estaba temblando de miedo, por si había
otro rojo dentro y me golpeaba otra vez.-
De nuevo se me nublaron las entendederas como cuando le pegaba patadas y
bocados al Tuerto.- Me acordé de mi
abuelo que fue a la leñera y cogió un palo.
Yo hice igual, y las cabras se arremolinaron a
mí, como queriendo protegerme o protegerse, y subí las escaleras del pajar corriendo
para no arrepentirme, porque el canguelo que llevaba era de padre y muy señor
mío.- He pasado tantas veces miedo en
esta maldita guerra que me tocó, ya creo que no le tengo miedo al miedo.
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